Narcotráfico: la pesadilla que generó el Congreso

Publicado originalmente en Infobae.com el 27 de noviembre de 2013

¿Cuál es la principal diferencia entre una farmacia o un supermercado y una organización dedicada al narcotráfico? Supongo que todos podríamos estar de acuerdo que la diferencia fundamental es el tipo de producto que venden. Los narcotraficantes -a diferencia del dueño de un supermercado o una farmacia- ofrecen un producto cuya producción, venta o tenencia está prohibida por la ley.

No es casualidad que las cadenas de supermercados o las farmacias arreglen sus disputas entre competidores o con sus proveedores a través del sistema judicial o un arbitraje privado, mientras que la violencia sea el modo de resolución de conflictos habitual entre las bandas narco. Es lógico, supermercados y farmacias tienen acceso a sistemas de bajo costo para defender sus derechos sin necesidad de acudir a las armas y lanzar una guerra contra otros comercios. En cambio los narcotraficantes al encontrarse en la ilegalidad no pueden acceder a reclamar en tribunales judiciales.

Cuando se prohíbe un producto o un servicio se le abren los ojos al crimen organizado. Las mafias ven en la prohibición una oportunidad de negocio para obtener amplios márgenes debido a las restricciones legales que hay sobre la producción de esos productos. Dejar de penar la producción, la venta o la tenencia de drogas significaría que deje de ser un negocio atractivo para el mundo del hampa, y convertiría lo que alguna vez fue narcotráfico en un mercado legal, como son los medicamentos, productos de limpieza, las bebidas alcohólicas o el cigarrillo. El lugar de las bandas narco sería ocupado por emprendedores que no están interesados en balear a sus competidores, sus proveedores o a funcionarios públicos.

Esto ya sucedió en 1933, en Estados Unidos, cuando se derogó la prohibición de bebidas alcohólicas. Después de catorce años de prohibición, la violencia relacionada con el crimen organizado disminuyó, los venenos etiquetados como alcohol desparecieron –tal como sucedería con el paco en el caso de las drogas– y el consumo de alcohol tardó varios años en recuperar sus niveles pre-prohibición, es decir no hubo un aumento inusitado del consumo.

El narcotráfico es un engendro de la prohibición que generó: decenas de miles de muertes de inocentes en todo el mundo, gente pacífica que va a pasar parte de su vida preso, y un sinfín de funcionarios políticos y policiales enriquecidos gracias al dinero proveniente de los narcos y la corrupción policial. Pese a esto, los prohibicionistas se atreven a pronosticar que sin las políticas actuales aumentaría exponencialmente el consumo, los menores tendrían fácil acceso a las drogas, y se generarían brotes de violencia generalizados en la sociedad.

¿No es eso acaso lo que estamos viviendo ahora?

Bajo el actual régimen siete de cada diez adolescentes de la Ciudad de Buenos  Aires y el conurbano consideraron que es fácil a acceder a drogas ilegales, su consumo aumentó, y en ciudades como Rosario se está viviendo una verdaderaguerra entre bandas narcos. Las estadísticas desfavorables se repiten en todos los países democráticos que adoptan esta política agresiva independientemente de los fondos que le asignan.

La idea de que con la despenalización de drogas esta situación se tornaría más grave parte del error de creer que se traduciría en la situación actual pero sin “la lucha contra el narcotráfico”, como si se tratara de una carta blanca a los narcos. Por el contrario, la violencia dejaría ser el modo de resolver los conflictos, y desaparecerían todos los efectos nocivos y destructivos del narcotráfico, que por cierto superan ampliamente al que generan las drogas.

En definitiva, el único que puede eliminar la pesadilla del narcotráfico es el mismo que la creó. Mientras que el Congreso Nacional no adopté la decisión de terminar con el evidente fracaso que representa el enfoque actual, y a pesar de las buenas intenciones, tendremos que aceptar seguir viviendo con las consecuencias que acarrea.

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