Brasil y el temor a repetir el descalabro financiero de Sudáfrica 2010

Publicado originalmente en FortunaWeb el 12 de junio de 2014

El sonido de las vuvuzelas y la imagen del equipo español levantando el trofeo más anhelado en el mundo de fútbol parece ser parte de la historia antigua. Durante los 31 días en los que el centro neurálgico del mundo futbolístico se ubicó en Sudafrica, los estadios Peter Mokoba en Polokwane o el Soccer City en Johanesburgo, eran lugares con los que uno estaba tan familiarizado como si se encontrara en su propio barrio. Sin embargo, los campos de juego donde se disputaron los 64 partidos más importantes de ese año estaban destinados a quedar en el olvido. España se había quedado con el lugar más alto del podio y Argentina, una vez más, volvía con las manos vacías. Eso era lo único que importaba, excepto para los sudafricanos.

La organización del mundial en Sudáfrica requirió un desembolso total de casi 4 mil millones de dólares, de los cuales un tercio estuvo destinado a la construcción y renovación de 10 estadios de primera categoría. Cuatro años después, la mayoría de los escenarios en los que se jugaron los 64 partidos del mundial están envueltos en un silencio sepulcral y con los números en rojo.

El más emblemático de estos elefantes blancos es el Estadio de Ciudad del Cabo: con un costo de construcción de 600 millones de dólares —la obra más cara de todas— el escenario de la final nadie quiere usarlo. Hoy el estadio que se levanta en el coqueto barrio de Green Point es utilizado por el Ajax Cape Town, un equipo de futbol de la primera división que a duras penas puede convocar a 4.000 hinchas para que ocupen las 64.000 gradas disponibles. Mientras tanto, los equipos locales de cricket y rugby —dos deportes más populares que el futbol en ese país, especialmente entre la clase media blanca que vive en Ciudad del Cabo— se niegan a mudarse al nuevo complejo alegando los altos costos de alquiler e instalaciones incompatibles con las necesidades de esos deportes.

El estadio conocido popularmente como Green Point fue el resultado de las exigencias de la FIFA. Para el organismo, ninguno de las dos arenas ya construidas en la zona, el Newlands y el Athalone, estaban a la altura del evento, incluso con las renovaciones proyectadas. Un capricho de alto costo si se consideran los más de 7 millones de dólares por año que requiere la manutención del estadio, de los cuales son cubiertos apenas un 10% cada año. El desconcierto que genera la mole ubicada en el corazón de la ciudad -lejos de donde vive la mayoría de los fanáticos del futbol- llevó a que se evalúe convertirlo en un proyecto de viviendas y hasta se propuso su demolición.

En Durban, los partidos que AmaZulu disputa en su campo de juego parecen celebrarse a puertas cerradas, a los 3.000 hinchas que asisten todas las semanas al estadio Moses Mahbida, la capacidad de 54.000 personas les queda grande. Las pérdidas por cuatro millones de dólares que genera el estadio cada año son soportadas por los contribuyentes en un país en el que la pobreza y la deficiencia en infraestructura básica son las principales preocupaciones de la población.

En la misma situación está el Nelson Mandela Bay ubicado en Port Elizabeth, una ciudad que no tiene equipos de fútbol ni rugby disputando las ligas más importantes.

El rol de la FIFA. Las prácticas de la Federación Internacional de Futbol Asociado en la organización de los mundiales son señaladas como las responsables de los descalabros económicos que dejan como legado la organización de una copa del mundo. Lejos de ser un evento privado, los Estados se involucran de lleno con la organización trasladando gran parte de los costos a los contribuyentes, que miran con desconfianza y recelo los gastos en que incurren los funcionarios. Las promesas de beneficios y mejoras que suelen acompañar los argumentos a favor de organizar el torneo sólo se convierten en realidad para la FIFA, los políticos, y las empresas que obtienen las licitaciones.

Brasil quiere evitar seguir el camino de Sudáfrica. A pesar de ser el mundial más costoso de la historia —Brasil 2014 costará más que los últimos tres mundiales juntos— el ministro de Deportes Aldo Rebelo se ocupa de afirmar en cada conferencia de prensa que las “instalaciones construidas para esta Copa del Mundo no se convertirán en elefantes blancos”.

Los brasileños desconfían, y ya hicieron oír su disconformidad en las calles de Río, San Pablo, y otras ciudades. Algo de razón les asiste: los estadios de Cuiabá, Manaus y Brasilia, ubicados en ciudades sin tradición futbolera, son favoritos a emular el caso sudafricano.

Ahora es el turno del jogo bonito, Neymar y compañía intentarán lograr el hexacampeonato y darles a Brasil una razón para festejar. Pero en 31 días, una vez que deje de rodar la pelota, la incógnita acerca del legado económico se comenzará a develar, y lo más seguro es que no se traten de buenas noticias.

 

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