Las víctimas olvidadas del Estado policial argentino

Publicado originalmente en PanAm Post el 5 de febrero de 2015.

An English version of this article is available.

Ismael Sosa, de 24 años, viajó junto con su novia 750 kilómetros desde una localidad de Buenos Aires para asistir al recital de La Renga, un grupo de rock local de culto que arrastra a grandes masas de seguidores. Sin embargo, Ismael nunca ingresó al aeródromo de la localidad de Villa Rumipal, Córdoba, donde entre 47 y 70 mil personas presenciaron el evento el pasado sábado 24 de enero. En cambio, el lunes 26 de enero su cuerpo sin vida apareció flotando a 500 metros de la costa de un lago artificial en la Provincia de Córdoba, Argentina.

Desde la noche de aquel sábado lo buscaba su novia Victoria, quien le había perdido el rastro durante el ingreso al recital. Una testigo llamada Brenda asegura que durante un control previo al ingreso, policías lo tomaron del cuello.  “Yo me tiré encima para que no le pegaran”, contó a Infojus Noticias. Diez minutos más tarde afirma haber observado una feroz golpiza: “Lo tiraron al piso entre dos. Uno le pateaba la cabeza. Le pegaba tan fuerte que se escuchaba el ruido de las patadas”. A pesar de no poder identificar a la víctima “porque tenía la cabeza contra el piso”, asegura que la vestimenta y complexión física coincidían con la de su novio.

“Él decía: ‘basta, no me peguen más’. ‘A vos te gusta tirar botellas’, le dijo uno y le dio una piña en la panza. Mientras se lo llevaban le siguieron pegando. A los cinco minutos volvieron y dijeron: ‘ya está, ya lo sacamos’”, relató.

Al igual que Victoria, la familia de Ismael cree que la policía lo mató. “Lo golpearon, se les fue la mano y lo tiraron al rio”, denunció su hermano Facundo.

Facundo y su madre, Nancy Sosa, transitaron el jueves 29 los mismos 750 kilómetros del trayecto que había realizado el joven días atrás. El viaje lo motivó una llamada telefónica que les confirmó que el cadáver hallado ese día más temprano en el lago, se trataba de su hijo. Sin embargo, la fiscal del caso, Andrea Heredia Hidalgo, niega haber informado ese dato por una sencilla razón: la confirmación la recibió recién al día siguiente.

Cuando llegaban a Villa Rumipal, Facundo Sosa asegura haber recibido un llamado de una persona que se presentó como el fiscal Rodríguez. “Me dijo que fuera a hacer la denuncia y que me pasaba a buscar”. Cuando Facundo llegó a la comisaría le informaron que no se trataba de un fiscal sino de un policía de investigación. “Eso me llamó la atención”, señaló.

Si bien la autopsia que tendrá lugar el próximo viernes brindará más información acerca de las circunstancias que rodearon la muerte de Ismael, cada día emergen nuevos elementos en el caso. Este miércoles, 4 de febrero, se conoció que un matrimonio que se encontraba pescando en la costa del lago vio a Sosa el domingo posterior al recital.

Ismael, según consta el expediente policial, se acercó a la pareja, le pidió agua, y ayuda. Les dijo que estaba perdido pero la pareja no lo habría ayudado.

La conducta de algunos de los 1.500 policías dispuestos en el operativo no solo está bajo sospecha por la muerte de Sosa. Una investigación en curso, iniciada incluso antes de que se recuperara el cuerpo en el lago, apunta contra 14 detenciones durante los controles del recital, de las cuales no se habría notificado a la Justicia. La fiscal ordenó un allanamiento de la dependencia policial y secuestraron documentación.

“Debemos quebrar el silencio oficial por el terrible hecho de la muerte de Ismael, probablemente a causa de la brutalidad policial”, demandó este miércoles la legisladora local Laura Vilches, perteneciente al Partido de los Trabajadores Socialistas. “El gobernador a través de sus funcionarios y el jefe de Policía debe informar sobre el operativo realizado el día que desapareció y fue muerto este joven”, afirmó.

Las denuncias contra la policía de Villa Rumipal, con apenas 2.500 habitantes, no son las primeras. A mediados de enero, los padres de dos jóvenes —uno menor de edad— denunciaron que cuatro policías les golpearon, insultaron y apuntaron con el arma reglamentaria. Según sus testimonios, tras el llamado de un automovilista por movimientos sospechosos de un grupo junto al lago.

Rock, muerte e impunidad

El rock argentino y la brutalidad policial ya han tenido otros puntos de contacto. El 19 de abril de 1991, Walter Bulacio, de 17 años, murió tras haber sido detenido durante una “razzia”, como eran denominados las detenciones masivas que llevaba a cabo la Policía Federal para averiguar antecedentes de menores. Bulacio estaba en el recital de otro de los grandes grupos del rock local: Los Redonditos de Ricota.

Un día después de su detención fue trasladado a un hospital donde ingresó con “traumatismos de cráneo”. Seis días después falleció a causa de las lesiones y la autopsia estableció que sufrió golpes con objetos contundentes.

Su muerte aún sigue impune. En octubre de 2003, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado argentino por este caso. Le ordenó a la Argentina reabrir la investigación de la muerte, adaptar la legislación para que respete los derechos humanos, e indemnizar a la familia de Bulacio con US$334.000.

Recién en 2013, la siempre lenta Justicia argentina condenó al excomisario Miguel Ángel Espósito a tres años de prisión en suspenso por el delito de privación ilegítima de la libertad, y no por la muerte de Bulacio.

La muerte en 2009 de Rubén Carballo, de 17 años, en un recital de otro grupo de rock masivo, Viejas Locas, confirmó que la brutalidad policial resultaba intocable. Carballo falleció a raíz de los golpes recibidos por la Policía Federal. En 2013, los agentes involucrados fueron pasados a retiro. Un consuelo para los familiares que todavía esperan que el paso de tortuga del Poder Judicial en Argentina les brinde justicia.

Mientras Argentina y el mundo continúan obnubilados por la misteriosa muerte del fiscal Alberto Nisman, quien fue hallado muerto el pasado 19 de enero, otras víctimas del mismo modelo con aspiraciones totalitarias quedan en un segundo plano. Estos muertos, para muchos, sin rostro ni nombre, no generarán la misma conmoción que la muerte de un fiscal, un día antes que presentara ante el Congreso una grave denuncia contra la presidente Cristina Kirchner. Sin embargo, ellos no lo saben: detrás de la muerte de Nisman se esconde la misma vocación autoritaria que flota sobre el cadáver de Carballo y Bulacio, y que posiblemente haya terminado con la vida de Ismael, que solo quería escuchar música.

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