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Heridas internas del chavismo podrían forzar salida de Maduro

Artículo publicado originalmente en PanAm Post el 24 de noviembre de 2014.

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Mientras la economía venezolana está en caída libre, las grietas en el gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) cada vez son más evidentes. Definitivamente, el presidente Nicolás Maduro no ha estado a la altura para alinear al partido detrás de su persona. A diferencia del fallecido Hugo Chávez, Maduro no es ningún líder carismático.

El fuerte personalismo que ejerció Chávez durante más de un década dejó la vara muy alta para sus sucesores. Maduro no pudo generar un “madurismo”; se presenta como un médium del fallecido expresidente, y decidió continuar con su legado a las sombras de un cadáver. Su fracaso despierta entre los subgrupos cuestionamientos sobre la capacidad de representar al chavismo. Y la legitimidad de Maduro para los chavistas depende más de su fidelidad para continuar con el legado de Chávez en la tierra, que de sus resultados en la elección democrática.

Cada vez con mayor frecuencia dentro del chavismo comienzan a señalar a Maduro como un falso mesías. Súbitamente, el presidente ya no es tan chavista, y variados grupos que convivían dentro del PSUV ahora comienzan a cuestionar a quien se ha manejado como la autoridad suprema del partido y del país desde la muerte de Chávez a comienzos de 2013.

En junio, el exministro de Planificación de Venezuela, Jorge Giordani publicó una tajante carta abierta contra Maduro y su modo de gestionar el país. Su dureza no residía en las palabras que escogió para criticar con tibieza un proceso político del que él mismo fue un protagonista de primera línea, sino en que la disidencia de uno de los ministros más longevos del gabinete chavista haya desafiado al representante de Chávez en la Tierra.

“Resulta doloroso y alarmante ver una Presidencia que no transmite liderazgo”, dice el exministro que estuvo 15 años en el gabinete chavista. Giordani además criticó “la repetición, sin la debida coherencia, de los planteamientos, como los formulaba el Comandante Chávez”, y “el otorgamiento de recursos masivos a todos quienes lo solicitan sin un programa fiscal encuadrado en una planificación socialista que le dé consistencia a las actividades solicitantes”.

La oposición dentro de su propio partido ha exacerbado a quien Chávez ungió en la presidencia venezolana. La economía, los altos niveles de criminalidad, y la represión de los derechos individuales presionan sobre el Gobierno de Maduro, cuya desaprobación se ubica en torno al 67%.

Los colectivos armados —agrupaciones paramilitares leales al chavismo—, también embaten contra el presidente. A comienzos de octubre, los asesinatos del joven diputado de la Asamblea Nacional, Robert Serra, y de integrantes de un colectivo chavista asociados a Serra, pusieron a estas agrupaciones en pie de guerra. “Nuestra revolución es pacífica, mas no desarmada”, afirmaron 260 colectivos armados en rechazo a entregar las armas ante el pedido de Maduro en el marco del Plan Nacional de Desarme.

Marea Socialista, una agrupación compuesta por intelectuales chavistas críticos con la gestión de Maduro, se convirtió la semana pasada en protagonista de una purga partidaria. El jueves, tres dirigentes de la agrupación fueron excluidos del padrón del PSUV y de esta manera se vieron privados de participar en las elecciones internas que tuvieron lugar el pasado domingo 23 de noviembre.

“Que sepa la cúpula del PSUV que somos chavistas, y que sus acciones divisionistas y antidemocráticas demuestran quién atenta contra el legado de Chávez. Algunos piensan ingenuamente que Marea Socialista pasará a la oposición, ¡somos chavistas! ¡Estamos en contra de las cúpulas corruptas donde estén!”, dijo Nicmer Evans.

Lejos están estos grupos de exigir un retorno a la democracia, la reinstauración del Estado de derecho, o el respeto por los derechos de individuales. Por su propia definición, el chavismo excluye todo esto. Un sistema político basado en las imposiciones del poder por sobre las decisiones individuales nunca podría cumplir con esos requisitos.

El enojo de Maduro

La frustración que le genera a Maduro encontrarse en una posición de debilidad la manifiesta con brotes de violencia e ira que dejan al descubierto su impotencia para aliviar la crisis que vive el país. Sus enfrentamientos con el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, parecen haber quedado atrás. Ahora, quien creyó que debía estar ocupando el lugar de la presidencia, se coloca del lado de Maduro y colabora en imponer la disciplina solidaria. Sin embargo, la nueva dupla expresa en sus gritos y enojos la frustración.

Con una escasez generalizada, una ola de violencia que ha dejado 68 muertos diarios solo en 2013—para un total de 24.763 asesinatos— y el precio del petróleo en sus niveles más bajos en los últimos años, las incipientes grietas en la estructura del PSUV es un problema más que debe enfrentar Maduro.

Mientras a nivel local la Mesa de Unidad de Democrática, la coalición opositora, se reorganiza detrás del flamante secretario general Jesús Torrealba, la presión internacional sobre el régimen venezolano aumenta— excepto entre los países latinoamericanos. Además, luego de la victoria Republicana en las elecciones legislativas de Estados Unidos el pasado noviembre, renacen las esperanzas de aplicar sanciones contra funcionarios chavistas por violaciones de derechos humanos.

La debilidad de Maduro genera incertidumbre ante el futuro próximo en Venezuela. En octubre, el presidente intentó asegurar la lealtad de las Fuerzas Armadas con un aumento salarial del 45%. La politización del Ejército y su lealtad al chavismo podrían colaborar en un eventual reemplazo del actual presidente –que tiene mandato hasta el 2019— por otro jerarca del PSUV con un mayor consenso.

A diferencia de lo que advierte una entrevista publicada por la agencia Reuters, el chavismo no enfrenta riesgos de implosión —puede sobrevivir sin Nicolás Maduro. La necesidad de llamar a elecciones o cualquier escena de institucionalidad no es una preocupación para el partido que llevó a Venezuela hacia el colapso total.

Una transición democrática es incierta; el endurecimiento del régimen ante la desesperación tendrá su próxima prueba el próximo año, cuando se celebren las elecciones legislativas. La lista de candidatos reflejará la ascendencia de los distintos grupos sobre la cúpula del PSUV, y allí podrá comenzarse a vislumbrar el futuro de Maduro y el chavismo, aunque ante el escenario de una incertidumbre casi absoluta e incipientes purgas partidaria, la transición —alguna transición— podría precipitarse.

Editado por Elisa Vásquez

Sanciones económicas al gobierno de Venezuela: ¿Un “remedio” peor que la enfermedad?

Publicado originalmente en el PanAm Post el 12 de mayo de 2014

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La semana pasada fue clave para el rumbo de la política exterior de Estados Unidos hacia Venezuela. El Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes recomendó la aprobación del proyecto de ley titulado “Protección de los Derechos Humanos y de la Democracia Venezolana”, en el que habilita al gobierno de Barack Obama a imponer sanciones económicas y migratorias a funcionarios “responsables de llevar a cabo u ordenar abusos de derechos humanos contra ciudadanos de Venezuela”. La iniciativa, promovida por la legisladora cubano-americana Ileana Ros-Lehtinen (R-Fl) y que ahora deberá ser tratada por la Cámara en pleno, no está exenta de polémica.

Las sanciones económicas han sido en los últimos tiempos una de las principales herramientas de la política exterior estadounidense. Y el gobierno de Barack Obama no es la excepción a esta regla: Optó por las sanciones económicas como herramienta favorita para satisfacer las demandas de los sectores que promueven una política exterior activa y buscan mantener el posicionamiento de Estados Unidos como gendarme del mundo.

No se trata de un instrumento novedoso. Los embargos sobre Cuba y Corea del Norte que ya llevan activos más de seis décadas, o las sanciones contra el gobierno de Saddam Hussein en Iraq que estuvieron vigentes durante más de diez años luego de la invasión iraquí a Kuwait en 1990, son algunos de los ejemplos más conocidos de sanciones impuestas por Estados Unidos. Y también de los fracasos más resonantes de la diplomacia estadounidense.

En un intento de cambiar la manera de abordar a los países cuyas políticas entran en conflicto con el gobierno de Estados Unidos, las sanciones dejaron de aplicarse recientemente a los países y empezaron a dirigirse contra individuos y empresas particulares. Las llamadas “sanciones inteligentes” ya fueron aplicadas contra el gobierno de Vladimir Putin en Rusia por su reciente avanzada militar sobre Ucrania. Ahora todo parece indicar que los próximos objetivos de las sanciones serán los funcionarios de la brutal dictadura de Nicolás Maduro (recordemos que el carácter de dictadura nada tiene que ver con la forma de elección del gobernante), y hasta el propio Maduro.

De hecho, Venezuela ya estuvo sujeta a sanciones económicas por parte de Estados Unidos en mayo de 2011. La petrolera estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) había concretado el envío de dos cargamentos a Irán valorados en US$50 millones con una sustancia fundamental para convertir el crudo en gasolina, violando las sanciones impuestas por Estados Unidos al país persa. A pesar de tener un carácter cuasi-simbólico  —excluían a las subsidiarias de PDVSA en Estados Unidos y la exportación de petróleo a ese país— el gobierno del entonces presidente Hugo Chávez no dudó en recurrir a sus dotes de orador para despotricar contra la “agresión imperialista”. El fallecido presidente encontró en las sanciones una excusa para exacerbar su retórica anti-Washington y reforzar sus conductas autoritarias. Y sus niveles de popularidad no disminuyeron con el episodio.Antes de aplaudir o criticar la aplicación de sanciones, tenemos que preguntarnos si son efectivas para lograr los objetivos que se proponen. Y ante esta pregunta, uno debería reflexionar sobre cuáles son esos objetivos. Si se trata de reafirmar la hegemonía estadounidense en la arena internacional, entonces la respuesta sería afirmativa. En cambio, si con las sanciones se busca un impacto real y una transformación del modo de actuar del gobierno venezolano, surgen dudas importantes, y la única certeza que tenemos es que pueden llegar a ser contraproducentes.

Tampoco hubo mayores cambios cuando el pasado abril Estados Unidos le impuso sanciones a 45 individuos y 18 empresas vinculados al gobierno del expresidente ucraniano Viktor Yanukovych y a funcionarios y empresas vinculadas con el Kremlin ruso. Por el contrario, los receptores de las sanciones las tomaron con humor. Uno de ellos fue Dimitry Rogozin, Primer Ministro adjunto de Rusia, que en un tweet sugirió que el borrador del proyecto de ley que imponía las sanciones había sido “preparado por un bromista”.

Pero no todo son bromas: Las sanciones económicas son consideradas como una acto pre-bélico, es decir, después de su aprobación no sería descabellado pensar que Estados Unidos pudiese lanzar una intervención militar en Venezuela. Aunque improbable en el corto plazo, abre una puerta para ello. Los casos de Libia o Irak son ejemplos de lo que pueden desencadenar las sanciones.

En el caso de Irak, las sanciones económicas impuestas después de la Guerra del Golfo de 1990 reforzaron internamente la posición del gobierno iraquí, y las únicas dificultades económicas las sufrieron las víctimas iaquíes de Saddam Hussein. La propia Madeleine Albright, en ese momento embajadora de Estados Unidos ante la ONU, sugirió en el programa televisivo 60 minutes que la muerte de 500.000 niños iraquíes producto de las sanciones fue “un precio que valió la pena pagar”.

Cuba y Corea del Norte son otros dos casos paradigmáticos. En el país gobernado con mano de hierro desde hace 55 años por la familia Castro, el embargo impuesto por Estados Unidos no ha hecho más que agravar la ya de por sí precaria situación en la que viven los cubanos, mientras alimenta con pretextos a la dirigencia comunista para justificar el nefasto experimento político que se vive en la isla. Una situación similar se vivió en Corea del Norte, en donde las sanciones empeoraron las consecuencias de la hambruna que se vivió durante la década de los 90 y que se cobró entre 250.000 y tres millones de vidas —debido al secretismo reinante en el régimen, los números varían abruptamente según la fuente—.

Los defensores de las sanciones contra Venezuela podrían argumentar que no estamos ante sanciones que se imponen sobre todo el país, sino que están dirigidas a personas específicas, como las aplicadas a los funcionarios rusos. Y es verdad, Estados Unidos y el mundo están enfocándose cada vez más en el uso de “sanciones inteligentes”, aunque los expertos se mantienen escépticos al respecto. Daniel Drezner, profesor de Ciencias Políticas y Derecho Internacional, y autor de The Sanctions Paradox: Economic Statecraft and International Relations, sostiene que “el equilibro entre el respeto al estado de derecho y la aplicación efectiva, sugiere que las sanciones inteligentes no se pueden imponer lo suficientemente rápido y en la medida necesaria como para que tengan un efecto real”, y que aunque sean específicas, “el régimen objetivo puede trasladar los costos de las sanciones a sus opositores domésticos”. En el mismo sentido, Robert Pape, director de la escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de Chicago, publicó un trabajo sobre el éxito de las sanciones internacionales en el que encontró que en tan solo 5 de 115 casos donde fueron aplicadas tuvieron éxito. Es decir, en apenas algo más del 5% de los casos.

Sin duda, los venezolanos están viviendo tiempos duros. Observar a un gobierno que ejecuta a ciudadanos en plena luz del día, encarcela a decenas de manifestantes sin un proceso judicial transparente, y que aprieta el nudo sobre la libertad de expresión, despierta la reacción natural de “hacer algo” al respecto. Pero debemos ser cuidadosos: La intervención extranjera puede llegar ser contraproducente y frenar el impulso que tiene la oposición venezolana justo en el momento en que la popularidad de Maduro se encuentra en su más bajo nivel histórico. Las sanciones económicas le brindarían al régimen la excusa perfecta para justificar el fracaso del “socialismo del siglo XXI” y reforzarían a un régimen que está debilitándose.